En abril de este mismo año conocíamos de la mano del Wall Steet Journal (EN) el rumor de que Google estaría barajando la posibilidad de incluir un bloqueador de publicidad por defecto en Chrome.

Profundicé entonces por mi página sobre las razones que podrían llevar a Google, una empresa que recordemos, vive de la publicidad, a incluir por defecto en su navegador, que para colmo es líder del mercado, un bloqueador de publicidad.

Y la conclusión era tan obvia como peligrosa: Siendo tú el garante de lo que consideramos publicidad invasiva y lo que no te aseguras que tú negocio quede siempre exento de dicho tratamiento (ES).

En otras palabras, que lo que buscaba Google era ser juez y verdugo en un negocio del cual sigue siendo líder, irrumpiendo para ello en otro al que por ahora había dejado a su libre albedrío, y aprovechando su dominio del ecosistema tecnológico.

Nada nuevo bajo el sol, ¿verdad?

Pero, ¿qué impacto podría tener este tipo de iniciativas en un mercado (el de las extensiones de bloqueadores de publicidad) cada vez más amplio?

Un impacto crítico, y por dos motivos principales:

  • Qué porcentaje de usuarios seguirían utilizando una extensión de terceros cuando su principal funcionalidad ya viene de forma nativa en el navegador: No muchos, la verdad. Si lo que quiero obtener ya lo tengo de base, ¿para qué iba a obtenerlo desde fuera? Y bajo esta premisa, ¿quién se meterá o seguirá manteniendo un negocio basado en bloqueadores de publicidad cuando uno de los gigantes dominantes saca el suyo propio? Así que por un lado tenemos a un parqué de usuarios cada vez menor, y por otro, un negocio cada vez más monopolizado por un único agente. Y si esto no fuera suficiente…
  • Cambio de política de desarrollo de extensiones: Porque fácilmente, y llegado el caso, Google podría prohibir, o como mínimo, aumentar las barreras para que un tercero pueda publicar en sus markets (ya no solo el de extensiones de Chrome, sino también en la Play Store de  Android) bloqueadores de publicidad, argumentando las razones que esgrimiese oportunas. A fin de cuentas, es dueño y señor del ecosistema.

Esto mismo, que quizás suene a conspiranoia, acaba de ocurrir recientemente en otros derroteros: los de iOS.

Tomasz Koperski, el desarrollador detrás de Future Mind, una compañía de desarrollo de bloqueadores de publicidad para el sistema operativo móvil de Apple, denunciaba recientemente que al intentar actualizar su aplicación estrella (AdBlock), ésta había sido rechazada por los de Cupertino (EN).

Después de recurrir a la Junta de Revisión de Aplicaciones, se enteró de que al parecer las Pautas de Revisión de la AppStore habían sido actualizadas, y que su aplicación violaba la sección 4.2.1 de las mismas, la cual indica que las aplicaciones deberían utilizar API y marcos para los propósitos previos y deberían indicar esa integración en la descripción de la aplicación.

Puesto que AdBlock utiliza un perfil VPN para bloquear anuncios en aplicaciones de terceros (como es Safari), se viola la política de desarrollo de apps de la App Store, y por ende, no es posible publicarla en el market.

De esta manera Apple pone coto a todos aquellos desarrollos que implementen algún tipo de funcionalidad de bloqueador de publicidad en Safari (cuyo motor, por cierto, es el único aceptado en iOS), habida cuenta de que desde la versión 9 de iOS el navegador ya cuenta de forma nativa con su propio bloqueador de publicidad.

Para todos aquellos desarrolladores que tengan apps de bloqueo de publicidad, la única opción a partir de ahora será ofrecer dicha funcionalidad… utilizando para ello el bloqueador nativo de Safari. Lo que en la práctica deja de tener sentido, ya que nuevamente quien decide qué es publicidad molesta y qué no es Apple, no el desarrollador.

Un ejemplo de los riesgos que asumimos cuando delegamos el control en cada vez menos agentes. Apple ya ha movido ficha, y me temo que Google no tardará en hacerlo, reduciendo drásticamente la actual diversidad de opciones con las que el usuario contaba hasta el momento.