“A nivel global hay preocupaciones de seguridad importantes sin unos estándares comunes. Todavía no tenemos normas internacionales”.

Estas palabras no las he dicho yo, sino Angela Merkel, refiriéndose a uno de los temas que la canciller alemana espera tratar en la próxima cumbre del G20 (EN) que se celebrará el próximo mes en Hamburgo.

La premisa de Merkel es clara: Al igual que en los mercados financieros, debería existir un mercado único digital que, como mínimo, fuera común en todo el territorio europeo.

Es, de facto, uno de los grandes problemas a los que nos estamos enfrentando en el tercer entorno. En Internet no existen barreras físicas, y por tanto, abre la veda a que cualquier idea sea potencialmente globalizadora. Sin embargo, sí existen barreras legislativas geolocalizadas. Cada país gestiona a su manera “su porción de la Red”, complicando tanto los negocios, como también la cooperación entre autoridades para dar caza a los cibercriminales.

Y bajo este prisma, el pensar en una Europa digital como un único estado haría babear a más de uno.

Algunos aspectos a considerar

A priori, esta hipotética y futura unión debería tener un impacto claramente positivo. Recalco que es algo que se lleva pidiendo en la industria por décadas, y que daría como resultado un escenario muchísimo más seguro y cómodo para la amplia mayoría de stakeholders. Usuarios incluidos, por cierto.

Ahora bien. La parte que temo es que sea una puerta de acceso a esa tendencia europea por el proteccionismo que tan malas pasadas nos ha hecho vivir. Que anteponer los intereses del usuario a los intereses de las multinacionales no tiene por qué ser negativo… siempre y cuando se haga dentro de unos límites aceptables.

Tan malo es un sistema libre en el que las compañías puedan traficar alegremente con los datos los ciudadanos, como otro en el que para entrar en un mercado tan crítico como es el europeo, se tenga que pasar por el control gubernamental de turno.

Precisamente esa separación de poderes entre el usuario, el gobierno y las compañías genera una presión positiva que debería seguir protegiéndose. Una cosa es intentar evitar que las multinacionales evadan impuestos mediante ingeniería fiscal, y otra bien distinta es imponerles unos cánones que reman en contra del negocio… y del más puro sentido común.

Encontrar el equilibrio, no obstante, se me sigue antojando complicado. Máxime en la situación político-económica actual, con una clara dependencia digital absoluta de compañías norteamericanas, con el nuevo reglamento de datos personales a varios meses vista, y con el futuro del tráfico de datos entre los dos continentes en un estado apenas latente.

Así que ya veremos qué ocurre en julio.

Solo espero que esta vez se aproveche para dar un pasito más hacia ese mercado único REAL que debería existir desde hace años en Europa. Que el día de mañana podamos decir que en efecto somos un único país con una sociedad muy diversa. Y que por ello Internet es igual para todos y cada uno de los europeos, con la esperanza de que más temprano que tarde acabe por ocurrir lo mismo con el resto de continentes.