Muy revelador (no por su temática, sino por la forma con la que la trata) el vídeo de Orange One donde entrevistan a Rachel Botsman (EN), experta en economía colaborativa.

La tesis que defiende esta mujer se basa en la importancia de un cambio tan radical como el que está sufriendo la sociedad a raíz de tener la capacidad de poner en común ofertas y demandas (ES) que hasta ahora estaban siendo gestionadas muy ineficazmente.

Es decir, el de aprovechar los recursos infrautilizados que tanto nosotros como terceros tenemos a nuestro alrededor para ser más eficaces como sociedad, rompiendo las hasta ahora rígidas cadenas de distribución y producción de bienes.

La democratización de la tecnología juega un papel crítico a la hora de dibujar un escenario en el que cualquiera puede tener un medio de comunicación propio (Facebook), ofrecer una habitación que le sobre a terceros con las garantías suficientes (Airbnb), o disfrutar de la compañía de un perro únicamente los fines de semana (Borrow My Doggy (EN)).

La economía colaborativa no va únicamente de cambiar la manera en la que afrontamos la industria del transporte y la vivienda, pero es normal que estos dos sectores sean los que más disrupción han sufrido, habida cuenta de que generalmente son los bienes más valiosos que tiene un ciudadano (coche y vivienda). Uber, BlaBlaCar o Wonobo solo han sabido solucionar de manera eficiente una serie de problemáticas en la logística de los ciudadanos (ES) que la industria no está cubriendo adecuadamente.

No han creado nada nuevo, simplemente han sido, gracias a aplicar metodologías de desarrollo digital en entornos tradicionales, ser más eficaces a la hora de suplir una demanda que ya existía. De entender el problema y buscar una solución basada en el potencial colectivo de la sociedad, sin pretender cubrir ellos mismos todas las necesidades (y costes) que supondría controlar toda la cadena.

La economía colaborativa va de que alguien que es capaz de generar más energía de la que consume pueda comerciar con su sobrante, indistintamente del tamaño que tenga, de que alguien que tiene unos conocimientos específicos pueda intercambiarlos con otra persona que quizás tenga otros que éste necesite, de que una compañía pueda aprovechar sus sobrantes para ofrecerlos a terceros.

De optimizar los recursos infrautilizados, a fin de cuentas. Una lacra que siempre nos ha acompañado, y que encuentra ahora en la economía colaborativa una manera de ser más útil (y rentable) a los intereses de todos.

Tan sencillo como suena. Tan difícil de llevarlo a cabo en un entorno no proclive al cambio.

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