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Los Límites De La Gig Economy

Los límites de la Gig Economy

Se ha escrito mucho últimamente sobre las duras condiciones que tienen que aguantar los trabajadores de las empresas que conforman la llamada Gig Economy (EN), en una suerte de vacío legal y ético entre lo que podemos considerar trabajador autónomo y trabajador por cuenta ajena.

No es para menos. En varios países los jueces han dictaminado que algunos de estos profesionales son trabajadores de la compañía, y por ende, la compañía debe hacerse cargo de las responsabilidades que a día de hoy, y en relación al contrato mercantil que le une a su plantilla, no lo están haciendo.

Pero ojo, que no es todo tan sencillo como parece, y me han estado llorando los ojos estos días después de leer a varios grandes medios de comunicación criminalizar sin criterio alguno a empresas como Deliveroo, Glovo o Uber.

Es, de hecho, la postura fácil, posicionándose de parte del trabajador, y obviando que hay una parte crítica a considerar a la hora de entender qué ofrecen estas compañías, y qué responsabilidades tenemos derecho a exigirles.

La Gig Economy bien entendida

El primer punto pasa por explicar qué supone la economía colaborativa en el entorno empresarial que teníamos hasta ahora.

Gracias a ella, un profesional puede flexibilizar su horario como a él le venga en gana, obteniendo una o varias fuentes de ingresos alternativas. Algo que cualquier experto en materia sabe que es básico para asegurar la libertad financiera de una persona.

Esto último es la parte con la que quiero que te quedes. El éxito de estas compañías radica, al menos en esencia, en ofrecer una diversificación de ingresos a perfiles que hasta ahora trabajaban exclusivamente por cuenta ajena, y por tanto, eran dependientes de un único puesto de trabajo.

De esta manera, la empresa obtiene una suerte de “trabajador” que no estará tan comprometido con la compañía, que trabajará en un horario no previamente prefijado (lo que pueda compaginar con su trabajo principal), pero a un precio mucho menor (no hay cargas fiscales habida cuenta de que el contrato es mercantil). Y el profesional obtiene un rédito económico compatible con su trabajo principal, a veces aprovechando trayectos y horas que en caso contrario tendría libres.

La Gig Economy mal entendida

El problema surge cuando un porcentaje mayoritario de esos “trabajadores” destinan toda, o la amplia mayoría de su jornada diaria, a trabajar para estas compañías. Y por tanto, su fuente principal de ingresos, e incluso la única, pasa a ser ésta.

Cuando esto ocurre la base de esta economía se rompe. Ya no hablamos de un extra, sino de un todo, y es ahí donde sí entiendo que haya disputa.

  • Por un lado, la compañía se defiende argumentando que parte de su atractivo radica en la flexibilidad que ofrecen (lo que significa menos responsabilidades para ellos). El que un profesional pueda destinar el tiempo que quiera a realizar labores dentro de su plataforma, y destinar el tiempo que quiera a cualquier otro proyecto, personal o de terceros.
  • Por otro lado, si una persona depende económicamente del trabajo que realiza para una única compañía, a efectos legales debería ser considerado trabajador de la misma. O en todo caso, figuras a medio camino como la del autónomo dependiente (ES), ya recogidas en nuestra legislación. Lo que significa que esa compañía debe hacerse cargo, aunque sea, de parte de los gastos asociados a seguridad social, seguros y bajas.

Y esto se agrava cuando, en el afán de intentar combatir el principal problema que tienen las compañías de este tipo (el bajo compromiso de los “trabajadores”), se implementan mecánicas que las transforman, de facto, en una compañía tradicional, con horario y plantilla estable, con cargos dentro de la organización… pero sin las responsabilidades asociadas.

La cuestión es fijar el límite

Por ahí sí entiendo que pueden ir los tiros.

Empresas como Deliveroo están empezando a ofertar diferentes contratos según la disponibilidad y compromiso de sus riders. El caso que recientemente hemos visto en España (ES) se debe, precisamente, a un contrato de los antiguos. Antes de que el sistema se actualizase y aceptase los TRADE (Autónomo Económicamente Dependientes) como una tipología más dentro de su organigrama.

Aquellos que quieran ser riders a tiempo parcial, sin compromiso de ningún tipo, pueden serlo, y serán tratados como tal. Aquellos que destinan el 70% o más de la jornada diaria, y que dependen económicamente en tal cuantía de la empresa, operan ya bajo este modelo.

Lo que no tiene sentido es que hablemos de multinacionales valoradas en miles de millones (EN), y esta situación no repercuta positivamente en aquellos que a todas luces están trabajando para ella.

Todo esto sin olvidar que la existencia de la gig economy debería salvaguardarse por encima de las ínfulas de poder de unos y otros. Que a fin de cuentas, y aunque en efecto falta regular acertadamente su presencia dentro del ecosistema profesional, es una gran noticia que a día de hoy tengamos la opción de apostar por uno de estos modelos de trabajo.

Que no se trata de una mera pérdida de “los derechos conseguidos por los trabajadores en el último siglo”, sino más bien de la flexibilización del trabajo tal y como lo entendíamos hasta ahora, cediendo parte de los derechos a cambio de otras responsabilidades que algunos profesionales, por el motivo que sea, están dispuestos a obviar.

Pablo F. Iglesias

Consultor de Presencia Digital y Reputación Online, aportando masa gris como Ejecutivo de Tecnología y Seguridad en SocialBrains, que no es poco :).

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