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Salto Digital Y Cordones Planchados

Salto digital y cordones planchados

Hay una expresión rusa que me viene a la cabeza cuando pienso en la relación cada vez más tensa entre la legislación europea y el imparable torrente de disrupción digital que se nos viene encima: “y si quiere, le plancho los cordones”. Se trata de una frase hecha acerca de la percepción de abuso ejercido por quien tiene la posición dominante, es decir, cuando el “señorito” de turno quiere que su sirviente le haga de todo, incluso cosas tan ridículas e innecesarias como “plancharle los cordones” de los zapatos. En el caso de Europa y lo digital, viene a ser más o menos lo mismo, solo que con los legisladores jugando a contrapié el papel de sirvientes.

Viene lo anterior a cuenta de los últimos movimientos en plataformas como Airbnb, que está poniendo todo lo que tiene sobre la mesa para que los propietarios de pisos, casas o apartamentos que ofrecen estancias a través de la plataforma sean no solo usuarios colaboradores, sino también accionistas de la compañía. Me imagino a cualquier legislador europeo que conozca la noticia, y respondiendo airadamente: “sí, claro, y además querrá que le planchemos los cordones”. Es la reacción cada vez más afectada ante la imposibilidad de detener la tromba de cambios que imponen firmas como Netflix, Uber, Booking, Tesla, Waze, Spotify o Tinder, amén de la propia Airbnb, y por no citar a los big players como Google, Amazon o Facebook.

Es tal la riada incontenible, y es tan escasa todavía la mentalidad social y política sobre la creación de un verdadero espacio competitivo europeo, que ante el colapso frente al de fuera lo más fácil es ponerle trabas, ya se llame regulación de datos, ya se llame copyright. Todo vale: como no sé por dónde me caen las hostias, con perdón, me defiendo como gato panza arriba, y que salga el sol por donde tenga que salir. Por el camino pierde la competitividad y el futuro de Europa, y de sus países. Una tormenta perfecta: como no puedo hacer frente a los retos, legislo para frenarlos; y como los freno, cada vez me superan más.

La disrupción de la economía digital no es una pelea entre buenos y malos. Tan necio es recibir como mesías a las empresas de corte Silicon Valley, como buscarle tres pies al gato porque son la explotación capitalista en su máximo grado. Las empresas digitales son lo que el propio binomio indica: estructuras generadas para ganar dinero sobre las bases de la sociedad digital, que es previa a la existencia de dichas estructuras, y sobre la cual, por lo tanto, no pueden tener responsabilidad alguna. Si a usted le dicen que en tal ciudad se consume el triple de chocolate que en el resto del mundo, y usted no planta allí mismo una fábrica de chocolates, honestamente es que no tiene usted ganas de hacer dinero. Pues con las empresas digitales lo mismo: no es que operen de forma opaca y maliciosa con ceros y unos, es que operan con los resortes, mecanismos y herramientas de la sociedad digital para ganar el máximo dinero posible. Como haría usted, o yo, si tuviéramos la ocasión de hacerlo, o la inteligencia y los recursos necesarios para llevarlo a cabo.

Los ejemplos sobre cuáles son esos resortes y mecanismos de la sociedad digital sobran. Y por tanto las consecuencias están a la orden del día: Netflix supera la cifra de 700 producciones propias, solo años después de nacer como un servicio audiovisual bajo demanda, al entender los patrones de consumo digitales y lograr acuerdos con las principales distribuidoras; Facebook, que tiene muy claro el patrón de copiar lo que funciona bien en los demás, no se corta a la hora de lanzar su propio Tinder; otros gigantes tienen la visión de gobernar tu casa, y si para que lo entiendas tienen que fabricarte un microondas, pues te lo fabrican, ¡faltaría más!; y por poner algún ejemplo más (ya digo que los hay a diario), Google acaba de cumplir 10 años, tiempo que le ha sobrado para convertir un software, que nació con mil y una flaquezas, en el sistema operativo más utilizado en todo el mundo, mientras no deja de aportar funciones para sus aplicaciones, o guiños a segmentos de usuarios¿Marketing? Claro, pero también entender la sociedad digital.

Las normas de la economía digital están al alcance de la vista de casi cualquier competidor que se quiera sumar: minimización de las barreras de entrada, permanente incorporación de nuevas tecnologías como vectores de optimización de recursos, interacción permanente con el usuario y, como en el caso de Airbnb con el que abríamos este post, un concepto de muchedumbre colaborativa que no es “buenismo corporativo” de los fans del fenómeno, pero tampoco “canibalismo atroz” como sostienen los más críticos. Es lo que es, la sociedad en la que vivimos, cuyos integrantes reclamamos ser partícipes en los procesos de construcción de una marca exitosa.

Deseamos comprar y puntuar en Amazon, en Booking y en TripAdvisor, deseamos tener nuestras cohortes de fieles para nuestros postureos de Facebook e Instagram, deseamos reenviar cuantos memes de WhatsApp nos envíen, deseamos encontrar algo bueno, bonito y barato en Airbnb, y que nos lleven como si fuéramos ejecutivos de alta gama en un vehículo negro con un chófer amable y bien vestido. La historia de la economía digital no se hace a pesar de los usuarios. Y eso no la hace ni buena ni mala. La hace tan buena o tan mala como buenos o malos seamos sus usuarios.

En definitiva, la economía digital no tiene una moralidad de abuso para que el mayordomo planche los cordones del amo. Pueda derivar, y de hecho deriva, en cláusulas a las que hacemos clic en “sí, acepto”, sin que realmente leamos o nos planteemos qué es lo que realmente estamos aceptando. Pero… ¡también votamos a partidos políticos sin leernos sus programas! Y aunque los leamos no son documentos vinculantes, no son contratos con una sanción por incumplimiento. Son hojitas parroquiales de partidos cuyos representantes pueden no tener ni idea del funcionamiento de una sociedad digital, y por eso mismo acabar legislando contra natura y poniendo en riesgo nuestro futuro. Y eso no los hace ni buenos ni malos. Los hace políticos. Ídem con las empresas.

Photo by Kushagra Kevat on Unsplash

Alfonso

Poniendo cerebro a la parte social de Internet en @SocialBrains y consultor de estrategias online en @Numerik. Y además, ex periodista.

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